OSCARS’90: MEJOR PELÍCULA: EL INSTANTE MÁS OSCURO

La historia siempre la escriben los vencedores y ésta, caprichosa, tiende a repetirse. Que casi ochenta años después, la evacuación del ejército británico atrapado en la playa de Dunkerque sea revisada por distintas aproximaciones audiovisuales y literarias no obedece a la simple casualidad. Lo que entonces fue considerado una honrosa derrota, los libros de historia se esforzaron en convertir en fulgurante victoria y hoy día, nadie cuestiona las decisiones que aquellos días de máxima tensión se tomaron en los túneles subterráneos que atravesaban Londres, dominio natural de Winston Churchill.

La revisitación de la figura de Churchill en este preciso momento adquiere cierta relevancia en los tiempos del Brexit. Que los británicos hayan decidido libremente separarse del gran centro comercial de Europa no es sólo un gesto político también supone el fin de ese espíritu de postguerra que acabó con las fronteras tal y como se conocían hasta entonces. “El instante más oscuro” (Darkest hour) reflexiona sobre la relevancia de proteger a tus aliados en tiempos de conflicto y en última instancia, da una noción de Europa hoy día en desuso. La figura de Winston Churchill, centra la narración como fuerza gravitacional sobre la que orbita el destino de Europa en el momento más oscuro de su historia reciente y lo hace sin separar al hombre de su leyenda (así vemos a Churchill en el baño, en pijama, caminando desnudo al salir de la ducha, viajando en metro…).

Joe Wright que fue capaz de adaptar “Anna Karenina” a un único escenario en un ejercicio de prestidigitación escénica esboza un retrato deliberadamente incompleto de la figura de Winston Churchill, centrándose en la evacuación de Dunkerque como epítome de la transformación física y sociológica de Europa y el mundo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. El fracaso de Dunkerque como el fin de esa imagen románica de la contienda, fin de la adolescencia de un continente que nunca volvió a ser el mismo. Wright enriquece su relato con una cuidadísima puesta en escena (desde la fotografía al diseño de producción, maquilla y vestuario) y vuelve a confiar en Dario Marianelli para acentuar con el sombrío sonido de un teclado de piano, la incertidumbre, lo vulnerable y lo ingobernable que fue Churchill. Esquiva con todos estos elementos el academicismo de este tipo de propuestas aunque al final es la caracterización como Churchill el verdadero protagonista de la función. Interpretación y maquillaje van en este caso indisolublemente unidos, configurando un gran guiñol, grotesco a ratos, que vampiriza todo el relato.

Nominada a 6 Oscars: Mejor Película, Actor, Música, Fotografía, Maquillaje y Diseño de producción.

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Francisco Martínez

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