LA MOMIA: UN MOMIA AMERIANA EN LONDRES

El monstruo da cuerpo a los miedos. Necesitamos dar cuerpo a esa sombra que vemos en la oscuridad y materializarlo para poder enfrentarnos a ello. La cita es de Silvia Hernández profesora de diseño gráfico especializada en la construcción de tipografías en manuscritos medievales que indaga con su trabajo en la simbología del monstruo: cómo se construye, por qué y de qué nos salvamos cuando inventamos un monstruo. Los cuentos tradicionales, de acuerdo a su tradición oral primero y manuscrita después, ya sea impreso en La Biblia o en un relato de Hans Christian Andersen han utilizado al hombre del saco para llevar a los niños a la cama, a los cristianos a las iglesias. El monstruo limita, persuade, te controla. Si te sales del sendero que está marcado hasta la casa de la Abuela, probablemente te pase algo horrible. El cine, como último escenario de esta tradición también ha abordado los miedos del hombre moderno a través de un monstruario clásico al que acude de forma cíclica acorde con el signo de los tiempos.

La última vez que los resucitó fue a principios de la década de los noventa. La guerra fría había acabado y con ella el miedo a un conflicto nuclear que aniquilaría la vida en el planeta. Los miedos de la sociedad de entonces, aparentemente próspera, venían fijada por la aparición de nuevas enfermedades y formas de contacto que dejaban al ciudadano en una posición muy vulnerable. Muy criticado fue en su día el simbolismo que Francis Ford Coppola daba a la sangre en “Drácula, de Bram Stocker” en plena batalla contra el SIDA. La lectura que Kenneth Brannagh hacía por ejemplo del “Frankenstein, de Mary Shelley” también incidía en los peligros de la ciencia cuando no está reglada por una moralidad que le ponga bozal. En “Lobo”, Mike Nichols utilizaba la excusa fantástica para incidir en la situación de debilidad del trabajador medio ante la ferocidad de las medidas capitalistas de las grandes empresas. La transformación en lobo de Jack Nicholson, que interpreta a un editor de libros que ha sido despedido de su trabajo después de años de éxitos, adquiría una dimensión sociológica muy novedosa, beneficiada por el atrevido maquillaje de Rick Baker, algo alejado de la iconografía tradicional, y que potenciaba su vertiente más realista. La crítica de éste y el resto de trabajos, incapaz de contextualizarlos, fijó su atención en el elemento fantástico despreciando otro tipo de lecturas que ahora, con perspectiva, sí son capaces de apreciar.

En Hollywood todo es cíclico y afronta ahora la enésima revisión de la figura del Monstruo. Lo hace en unos tiempos convulsos en lo político y lo social y en una sociedad cimentada sobre el run run que generan las noticias falsas, la exposición de las redes sociales y la verdad que conlleva esa gran mentira. El escenario, ciertamente se presta, pero a juzgar de la primera entrega, “La Momia”, parece más interesado en franquiciar el universo monstruoso como si de una saga de súper héroes se tratara que en construir unas lecturas más complejas. Sea como fuere que sea Universal Studios, responsable de los principales hitos del género a principios del siglo XX, la encargada de esta resucitación debería ser garante del empeño y la idea global, “Dark Universe”, sobre el que se sustenta.

Los créditos como guionista y productor de Alex Kurtman, encargado de resucitar a “La Momia”, acredita de sobra su apego al fantástico. Hércules, Xena, Spider-Man u Optimus Prime son sólo algunos de los personajes que ha delineado. Es relevante tirar de su ficha en IMDB para poder entender algunas de sus decisiones a la hora de analizar “La Momia”. Lógico por tanto que un relato que mezcla caballeros templaros, maldiciones egipcias, muertos vivientes y una organización secreta para combatir a monstruos fuera de control tenga detrás a un tipo como Kurtzman y además, salga airoso. Hollywood, que ya ha intentado en varias ocasiones, iniciar un serial de eventos fantásticos (y pienso ahora en lo malsanas y divertidas que eran “La liga de los hombres extraordinarios” o “Van Helsing”), pretende ahora sentar las bases de una suerte de S.H.I.E.L.D sobrenatural que sólo puede llegar a buen puerto desde la cinefilia y el cariño por sus criaturas, más allá de la referencia hueca o el estruendo digital. Lo consigue por momentos. Funciona durante los minutos iniciales en los que es una buddy-movie de saqueadores y en aquellos otros en los que la relación entre los dos amigos vira hacia lo fantástico con ecos a “Un hombre lobo americano en Londres” (cuando un Griffin Dunne ensangrentado se le aparecía muerto a David Naughton). Fausto Fernández referenciaba con acierto al “Lifeforce (Fuerza vital)” de Tob Hopper, título maldito que se ha ganado un merecido culto dentro del género que combinaba vampirismo y ciencia ficción. En “La Momia”, ésta sacia su apetito absorbiendo el aliento vital de sus víctimas que quedan reducidas a una especie de muertos vivientes bajo su voluntad. Todo este juego referencial enriquece la narrativa y la puesta en escena que adolece en muchas ocasiones de algo de reposo. Se echa en falta un mayor protagonismo de la ciudad de Londres y un tratamiento menos ofensivo de los personajes femeninos, a los que les falta una piscina de barro para dirimir sus diferencias. A la película se le perdonan éstas y otras carencias, porque en esencia no deja de ser una genuina serie B orgullosa de su propio cliché, pero también es cierto que podría haber sido algo más ambiciosa.

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Francisco Martínez

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