EL GRAN HOTEL BUDAPEST: ANDERSON Y EL ROMANTICISMO

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Wes Anderson señala a la prosa de Stefan Zweig como inspiración de los relatos e intrigas que construyen su último trabajo, la sofisticada comedia “El Gran Hotel Budapest” (The Grand Budapest Hotel). La propia biografía de Zweig quiere inspirar sus estancias más cálidas y dramáticas. De él parece adoptar ese tono fronterizo, se oscurece con los periodos de entreguerras, con el exilio, pero también la exuberancia del viaje (ya sea la república imaginaria de Zubrowka o Petrópolis, ciudad en la que un 22 de febrero de 1942 Stefan Zweig y su esposa se quitaron la vida). Con ello levanta las infinitas habitaciones que construyen la trama de “El Gran Hotel Budapest” y reformulan la narrativa andersoniana revistiéndola de un decadente y estimulante afecto circense. Lo es por su pirotécnica puesta en escena, el énfasis en la miniatura y la ilustración y la fanfarria musical pero sobre todo por su apego al romántico concepto de aventura y sentimientos tan en desuso como la lealtad o camaradería sin resultar afectado.

La película comienza con la visita de una joven lectora al busto del “Autor”, toda una declaración de intenciones que inicia además el juego de narradores con la que Wes Anderson relata su última historieta. Desde la memoria, caprichosa, en primera persona, en la del oyente y en la del espectador. Aprovecha Anderson para ensalzar el genio creativo (además de construirle una estatua de cartón piedra) como constructor de imposibles. Arquitecto de viñetas donde conviven la acción en miniatura, el folletín histórico y un anticuado sentido del romanticismo. Hace frente a su primera incursión en el cine de época tirando de un imaginario muy personal donde es fácil reconocer los préstamos confesos de Hergé. También por el contrario, es la visión de una Europa decadente y de cartón piedra de un extranjero que la ha idealizado. No llega síndrome del turista atolondrado del Woody Allen europeo, pero sí que se aqueja de un corazón de cartulina y témperas de color.

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Toda historia que es contada desde la memoria tiene algo de evocador (de unos personajes, unos años, unos lugares) y en el caso “El gran hotel BudapestWes Anderson juega con ese mirada nostálgica, añadiendo algo decepción al relato de ese anciano que una vez fue el chico de los recados del hotel más grande y lujoso del mundo. En su relato cabe la hipérbole, el engaño y los trucos de magia. A fin de cuentas los recuerdos no tienen por qué ser verosímiles. En su recorrido al lado de su maestro e instructor asistimos a un relato de aventuras construido sobre las premisas de un misterio sin resolver donde lo menos importante es la identidad del asesino y lo más perdurable es quizás, aquello que sólo se esboza (la pérdida de la persona a la que amaste). Con todo, es la película de Wes Anderson más luminosa, más desprejuiciada pero al final, también la que te dice (y hace sentir) menos cosas.

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Francisco Martínez

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