LA BODA DE MI MEJOR AMIGA: Obsolescencia programada

La boda como perfecto final del cuento de hadas ha alimentado durante siglos el ideal romántico en la literatura, el teatro y el cine, creando para su público una realidad idílica que pocas veces muestra lo que ocurre equis años después. Hollywood ha explotado como nadie el tópico y ha convertido en una suerte de ritual todo lo que rodea el acontecimiento confeccionando un género en sí mismo. Le podemos echar la culpa a Meg Ryan. Al “fueron felices para siempre”, aunque luego ni Richard Gere y Julia Roberts fueran tan felices y quién sabe si para siempre. La comedia romántica tuvo un antes y un después de que Ryan fingiera un orgasmo en un restaurante frente a la atónita mirada de Bill Crystal en “Cuando Harry encontró a Sally” (Rob Reiner, 1989). Se puede decir que hizo evolucionar el concepto de ‘comedia romántica’ hacia unas medidas dosis de realismo hasta entonces inauditas que durante la década de los noventa conllevó la revisión de una serie de tópicos cuyo máximo logro sería la cinta australiana de Paul J. Hogan, “La boda de Muriel” (1994). Su director desembarcaría en Hollywood tres años después para firmar la insípida “La boda de mi mejor amigo” (1997) de la que toma su título en español “Bridesmaids” y que de algún modo supone la cima del género hasta entonces.

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Antes de “Bridesmaids (La boda de mi mejor amiga)”, los Hermanos Farrelly y Judd Appatow llevaron al género a una escatológica dimensión con títulos como “Algo pasa con Mary” (1998), “Amor ciego” (2001) o “Lío embarazoso” (2007), introduciendo además una variante masculina denominada “bromance”. “Resacón en Las Vegas” (Todd Phillips, 2009) y su secuela “Resacón 2: Ahora en Thailandia” y estrenada este mismo verano como máximos logros del nuevo género, surgen de un concepto muy interesante que provoca un revés al tópico de la boda como final feliz. La boda ya no es la conclusión de un sueño romántico sino el inicio de una convivencia donde no siempre habrá perdices de ahí que se popularice con fuerza un nuevo concepto: la “despedida de soltero”. “Very Bad Things” (Peter Berg, 1998) o “Airbag” (Juanma Bajo Ulloa, 1996) son dos antecedentes a tener en cuenta a la hora de poder comprender ese extraño pacto no escrito que asume toda pareja y que se concede el uno al otro una última noche de ‘patas arriba’ antes de asumir la inevitabilidad del compromiso. En ese contexto Hollywood se ha permitido todo tipo de excentricidades que en ningún caso terminan boicoteando el banquete. Porque a pesar de todo, de la incertidumbre, la obsolescencia programada y otras taras, se impone por exigencia de mercado el final romántico.

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La protagonista de “Bridesmaids, La boda de mi mejor amiga” no es la ‘novia’, es su mejor amiga. Una treintañera incapaz de hacer algo tan sencillo en su vida como arreglar las luces de freno de su coche. Es fácil, sólo tienes que llevarlo al taller y cambiarlas. Sin embargo no siempre es así y se pasa el tiempo y terminas en la cuneta, justo cuando creías haber tocado fondo y entonces lo piensas: si hubiera arreglado esas luces entonces. Porque siempre se puede caer un poco más bajo. Ella no está ni cerca de casarse. Su negoció quebró, su amante la chulea y sus compañeros de piso británicos leen su diario, se ponen su ropa y están pensando en ponerla en la calle. Y encima tiene que organizar la boda de su amiga de la infancia. En este contexto, el guión utiliza una serie de recursos que pasan por la escatología, el malabarismo sexual y una pequeña dosis de realismo social, para deconstruir con cierta fortuna, al menos durante los primeros cincuenta minutos de película, el universo romántico femenino. Lo hace de forma desinhibida y recuperando el gag como pico de la acción, puntuando la narración con agilidad y cierta frescura. Lamentablemente, su tramo final no mantiene ni el ritmo ni el humor exhibido hasta entonces, desencadenando un final predecible que de algún modo traiciona sus propias tesis. Porque justo cuando ya no crees que nada pueda ir a peor, justo cuando estás a punto de tirar la toalla, siempre puede venir alguien a salvarte (y a casarte contigo)… aunque eso solo ocurra en las comedias románticas.

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Francisco Martínez

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